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Urgencias

Por la puerta de urgencias entra un taxi. El taxista sale del vehículo y ayuda a salir a un hombre con uniforme de camarero, que gesticula, gaguea y tose. Tiene el rostro congestionado y enrojecido. —Oigan, ¡que alguien atienda a este hombre! No sé qué le pasa, pero… ¡parece grave! Un celador abre mucho los ojos, se ajusta la mascarilla y sale corriendo. —¡Espere! ¡Espere ahí! ¡No entre! El taxista aguarda, indeciso y maldiciendo, mientras el hombre que se ahoga intenta decir algo, agitando los brazos. Al cabo de un minuto, sale el celador con una silla de ruedas y, detrás de él, dos enfermeras. Hace sentarse al hombre enrojecido en la silla, las enfermeras no se acercan más y exclaman. —¡Emergencia Covid! ¡Emergencia Covid! ¡Llévalo a la UCI, aprisa! Entran al hospital apresuradamente. El celador va detrás de ellas, mientras el taxista da media vuelta, protestando. —Y ahora, ¿quién coño me paga a mí? Luego habla consigo mismo. —Si ese desgraciado se salva, será gra

Sin cara

—¡No! ¡No! ¡Noooo! En el dormitorio contiguo, Andrea enciende el Led de la mesilla de noche. Marc se gira en la cama y murmura. —¿Qué pasa? —Es la niña. Debe tener una pesadilla. —Mmmm. —¿Vas tú, o voy yo? Él gruñe, aparta la nórdica y se levanta. Sale del dormitorio y entra en la habitación de la hija. No enciende la luz y se guía por la claridad que entra desde el pasillo. Acercándose, se sienta en la cama y le toca el brazo. La niña se revuelve, sudando, y se incorpora. —Nena, nena… Calma. ¿Qué pasa? Le acaricia el brazo y después la cabeza con el pelo revuelto. La niña se despierta llorando. —Tengo miedo… Papá. Él la toma en el regazo, abrazándola. —Ya pasó, ya pasó… Sólo fue un mal sueño. —Papá, tengo miedo. —¿Por qué? —Soñé que estaba… en un sitio, con mucha gente. Y no tenían cara. —¿Qué? —No tenían cara… Y me miraban, con unos ojos… El padre le acaricia la espalda. —Cariño, si tenían ojos, ¡tenían cara! —No, ¡no tenían cara! No tenían cara

30 de octubre

Emprendedor Soy un emprendedor. El estado de alarma me pilló a mitad de curso. Estudio (me corrijo, estudiaba) en la universidad. Económicas. En teoría, eso sirve para que, al salir, te conviertas en un empresario de éxito. O en un pringado trabajando a horas y a deshoras para alguna multinacional. O, si tienes suerte y enchufe, acabes dando clase en la facultad, como la mayoría de mis profes, y aburriendo hasta a las ovejas. La pandemia nos jodió el curso. Y me encontré confinado, en una residencia de estudiantes, comienzo pizzas y sin poder salir más que a comprar tabaco y cervezas al súper más próximo. Ni siquiera nos permitieron reunirnos en alguna habitación, varios colegas. En marzo yo estaba solo en la mía, mi anterior compañero se había ido a su casa cuando supo de la cuarentena, y los primeros días creí que me volvía loco. Llamaba a mis amigos y no daba crédito a lo que oía. —No, tío no. Que esto es muy jodido. Mejor no vengas. —Nos lo han prohibido, ¿no has visto los

29 de octubre

 «Besar no es delito». —¿De dónde sacas eso? —¡Estás loco! —A mí me gusta. Los adolescentes se agrupan en torno al pupitre de su compañero. Están muy juntos y se rozan, pero todos llevan mascarilla. —El profe te lo va a tirar p’atrás. —¿Por qué? Ha dicho: elegid un lema para estampar en la camiseta. Pues este es el mío. Las chicas se ríen. —Busca otro. —«Follar no es delito» —dice uno de los muchachos, y todos ríen con más fuerza. Uno resopla y se baja la mascarilla, con la cara enrojecida. La chica de su lado le da un codazo. —¡Súbetela! —¡Es que me ahogo! ¡No puedo reír con mascarilla! Se la sube hasta la nariz, aun riendo. —Oye, Fran. Cambia el lema. En serio. Es chulo, pero ahora no toca eso. —Ahora no toca eso —parodia otro—. Mira, mira, pon esto: «¡Súbetela!» Los muchachos estallan en carcajadas de nuevo. Las chicas se apartan un poco y se miran. —A mí me gusta la letra. —Es que Fran es un artista con las grafías. —Y ese trazo rojo… ¿Es una boc

28 de octubre

 —Mamá, ¿por qué no podemos ir a ver a los yayos? —Ya te lo dije, cielo. Por el riesgo de contagio. Tú puedes pasarles la enfermedad, y ellos son mayores y pueden ponerse muy malitos. —Pero ¡si yo estoy bien! —Sí, pero aunque estés bien, puedes tener el virus y contagiarlo. ¿No te acuerdas? —Vuélvemelo a explicar. Ella suspira y acaricia el pelo del pequeño. —El virus, en los niños, está dormido. Es como si no estuviera. Pero en cuanto sale al aire, mientras respiras o hablas, se despierta. Y si llega a la nariz o a la boca de una persona mayor, como los yayos, entonces empieza a atacar. ¡Se mete en su cuerpo, y empieza a destruir sus pulmones! ¿Entiendes, cielo? Ellos no pueden respirar y se ponen muy malitos. —Entonces los llevamos al hospital. —Sí, cielo, pero aún y así, podrían morir. Y no queremos eso, ¿verdad? —No. Yo no quiero que los yayos se mueran. ¡Nunca! La madre lo abraza. —Y no quiero que tú te mueras nunca. —Por eso, cielo, por eso tenemos que pon

27 de octubre

7.00 a.m. —Adiós, mamá. —¿Ya te vas? ¡Si no has desayunado! —Llego tarde… Ya desayunaré en el hospital. —¿Te preparo un bocadillo? —No, déjalo, mamá. Allí tenemos la cafetería abierta. —Cuídate, reina. —Y tú. Adiós. Se ajusta la mascarilla y hace un gesto con la mano. … 8.00 a.m. —Mira. Si la lavas a mano, con un champú suave, la secas en el radiador y te dura tres días, al menos. ¡Y además huele bien! —Ya lo probaré. —¡Más nos vale! Esta semana, nos toca pringar. —¡Hala, no os quejéis! Que trabajáis menos que nadie. ¡Seis enfermos por planta! Cuando las demás tenemos veinte, o treinta. —Sí, tía, pero con la puta máscara y el traje todo el día. ¡Cámbiame el turno, si te parece! —No, no, ya me tocará. —Mira la Juana, con su traje nuevo. ¡De pasarela! Las enfermeras ríen mientras Juana se enfunda su mono hecho de bolsas de plástico biodegradable. —Reíd, reíd. Mira, es más suave, se adapta mejor y no mete tanto ruido como las otras… ¡Odio las bolsas d